Francisco Javier Ocampo Cepeda era un líder de paz, hombre público bueno, el defensor de derechos humanos, el mediador en los conflictos, el investigador de las ciencias sociales, el coordinador de proyectos de reconciliación.
Ese educador cuyos exalumnos de la Fundación Hispanoamericana, de la Universidad Javeriana, de la Fundación Universitaria Católica Lumen Gentium y de la Universidad del Valle jamás olvidarán.
El maestro amigo de quien sus estudiantes de los colegios Lacordaire y Antonio José Camacho con un dolor profundo tendrán que aceptar su injusta partida y acostumbrarse a la falta de su cálido saludo. Sus únicas armas eran contra la ignorancia, es decir, los libros, las ideas y la escritura. Su carisma fue tan grande que logró un abrazo mutuo entre los estudiantes del Antonio José Camacho y el Santa Librada.
A su última despedida asistieron todos sus estudiantes como si se alistaran para escucharle otra de sus cotidianas clases de historia o de ética.
Pero el llanto fue la expresión colectiva de los muchachos cuando se dieron cuenta de que se trataba del fin de la utopía pedagógica a que los había acostumbrado. Ante sus restos mortales unos le expresaban el adiós a su mejor amigo. Otros le confesaban que para ellos no fue un profesor, sino ese padre que como jóvenes reclaman.
Sus colegas docentes sólo atinaron a decirle que como compañero será irremplazable. Al día siguiente a su sepelio el gremio de educadores de las demás instituciones salieron en marcha a la calle exigiendo justicia y que se limpie su nombre. Aunque la infamia que casi siempre pretenden contra los líderes públicos, como esta vez contra “Pachito”, jamás propiciará la duda entre quienes sembró su semilla pacifista. Paz en la tumba de Francisco Javier.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar

