Finalmente aconteció lo que muchos temíamos, la victoria sin apelación de Donald Trump, luego de insultar y amenazar a medio mundo, mientras esgrimía vergonzosos argumentos que la humanidad se esfuerza por superar: la xenofobia, el racismo, el machismo, la discriminación, el armamentismo, la violencia, postulados que se traducen en realidades que lastiman el alma por su existencia y que nadie se atreve a reivindicar expresamente como banderas, como el flamante presidente electo de los EE.UU., así cuenten con millones de seguidores como se ha evidenciado en la presente coyuntura política “glocal”.
Nada alteró la decisión de una sociedad desinformada, egoísta y hay que decirlo hastiada de una clase política corrupta y desgastada; reaccionó emocionalmente, entre otros, ante el incumplimiento del carismático y pusilánime presidente Obama, que ni siquiera consiguió mejorar la situación de los afroamericanos en materia de discriminación; el pueblo blanco norteamericano desatendió el discurso político, la oferta política, como lo hizo el Reino Unido y el pueblo colombiano recientemente, los unos separándose de la Unión Europea y los otros negándose a la posibilidad de sellar un acuerdo de paz.
Quedaron arando en el desierto las propuestas programáticas, como el mamotreto de 297 páginas de los acuerdos de La Habana que, solo servirá de base para construir uno de 400 páginas que nadie leerá, en cambio se tendrá en cuenta las prédicas de los pastores en contra o a favor de su refrendación o absurdas mentiras como las del castrochavismo.
En la “democracia” más poderosa del mundo los programas también fallaron, los encuestadores justifican sus yerros con el cuentazo del voto oculto y la política, estruendosamente feneció.
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