En 1992 me vinculé a Feriva, empresa familiar de artes gráficas que constituyó mi abuelo en 1973.
Estaba entonces la sociedad ad portas de cerrar por una desacertada administración y por el retiro de la gerencia de mi tío Ernesto, hermano mellizo de mi padre.
Regresé a Cali apenas terminé la carrera de economía en la capital, y por encargo expreso de mi padre Javier, comencé a laborar en Feriva con la misión de recuperar la empresa y sacarla de la crisis en que se hallaba. Serví de mediador familiar y logré que Ernesto se uniera a Feriva dos meses después de que yo lo hiciera y junto con él y mi padre –tras un trabajo titánico- recuperamos la empresa.
La posibilidad entonces de concordato la rechazamos Ernesto, mi padre y yo por considerar que era un chantaje a los acreedores y porque sabíamos que no acceder al crédito para un negocio que requiere estar a la vanguardia tecnológica significa la muerte.
Fue así como Feriva no solo resurgió de sus cenizas sino que se convirtió en una de las empresas de impresión más importantes y reconocidas del país: un faro cultural para nuestra ciudad en el que era común encontrar por sus pasillos a los más importantes actores artísticos de nuestra región.
Pero Ernesto y yo nos retiramos de la empresa hace un poco más de tres años por disputas familiares y a partir de nuestra salida la empresa se vino a pique.
La caída dramática en las ventas como consecuencia de una mala gestión comercial y un nivel de gastos desmedido fue la causa del trágico deceso, muerte que supieron alargar sus administradores mediante el uso de la Ley 1116.
Al final todos perdimos: mi abuelo, su sueño; mi padre, su compromiso; mi tío Ernesto, su pasión; yo, parte de mi vida; los trabajadores sus empleos y Cali, uno de sus meridianos culturales por excelencia.
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