Las curvas de indiferencia son un artilugio que ha despertado mi fascinación desde que estudié economía. Personalmente las defino como matemáticas, economía y sicología en un cóctel de extrema y aguda simpleza.
Una curva de indiferencia nos muestra a largo de su trayectoria cómo se puede tener o disfrutar del mismo nivel de placer, bienestar o felicidad consumiendo dos bienes o servicios diferentes.
Y nos muestra también cómo no se afecta ese nivel de placer si sacrificamos consumo de uno de los bienes o servicios, pero teniendo el cuidado de sustituir ese consumo por uno mayor del segundo bien o servicio.
Un ejemplo ayuda a entender mejor la cuestión: a mí me produce el mismo placer -imaginemos que medimos el placer en unidades parecidas a los decibeles- si me compro dos jeans de marca o me como una rica hamburguesa.
Si me toca sacrificar la rica hamburguesa, pero quiero tener el mismo nivel de placer -y no reducirlo- entonces podría comprarme ya no dos sino tres jeans de marca… ¡Conservo la misma felicidad!
Este concepto de las curvas de manera abstracta permite comprender la lógica del consumidor en un mundo de dos bienes enmarcado por dos dimensiones.
Sin embargo, en la realidad decidimos entre múltiples bienes y servicios, comparando niveles de felicidad y placer continuamente.
Una muy interesante aplicación del concepto de indiferencia fue el realizado por la Universidad de Chicago. La investigación pudo demostrar que siempre será preferible más sexo a más dinero.
Resultado sugestivo que permite confrontarnos sobre la eterna búsqueda de la felicidad. ¡La conclusión es tajante!… las derivaciones -si las hay- quedan pues a título personal.
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