Hay seres humanos que se emparejan ambicionando la riqueza ajena. Otros a quienes sólo les interesa la belleza. Y no faltan quienes van al altar tentados por la sazón de la pretendida. Hoy, cuando percibimos el aroma de los tamales de pipián y la salsa de maní, llegué a Popayán tentado a enamorar una “Patojita”. Esto confirma que la condición humana siempre se ha reflejado en la historia de la sociedad. A finales del siglo XV, por ejemplo, los españoles conquistaron nuestro país ambicionando la riqueza aurífera y su orfebrería precolombina.
A finales del siglo XIX, los japoneses que llegaron al gran Cauca y emprendieron proyectos agroindustriales y la fabricación de finas vajillas, lo hicieron seducidos por la belleza paisajista, descrita en “María” por el poeta caleño Jorge Isaacs al contextualizar su narración romántica.
Ahora, a inicios del siglo XXI, gran parte de los países del orbe empiezan a ser tentados por los sabores regionales de nuestras cocinas, siendo responsables los congresos gastronómicos anuales de septiembre. Vale la pena reconocer que gracias al trabajo arduo de la Corporación Gastronómica de Popayán, la “Ciudad blanca de Colombia” completa la importante trilogía patrimonial: su arquitectura colonial, la fe religiosa de la Semana Mayor y las tertulias gastronómicas septembrinas.
Meritorio porque antes de emerger Bogotá, Cartagena, Medellín y otras grandes urbes, Popayán fue el meridiano económico, cultural y político de La Nueva Granada: allí confluían los caminos hacia el Ecuador y el Perú, hubo guerreros independentistas y nacieron los primeros colegios mayores y universidades. No me llamen. Estoy de boquisabroso en Popayán.
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