Tenemos suficiente literatura sobre la violencia. Eduardo Caballero Calderón, por ejemplo, en “Cristo de espaldas”, narró la violencia del campo. Gabriel García Márquez, en “Cien años de soledad” y “La mala hora”, recreó las guerras civiles del siglo XIX y la violencia del XX. Gustavo Álvarez Gardeazábal, en “Condores no entierran todos los días”, narra los horrores sicariales políticos. Pero todavía no se publican las novelas de los posconflictos.
Tal vez sea porque la violencia colombiana ha sido cíclica, cambia de causas: hegemonía política, intereses burocráticos, subversión y narcotráfico. Pero siempre hubo acuerdos pacificadores entre el Estado y los responsables de las épocas aciagas, que fueron convalidados al garantizar algo de sosiego.
El Acuerdo de Neerlandia, por ejemplo, pactado entre el Gobierno y Rafael Uribe Uribe (el coronel Aureliano Buendía en “Cien años…”), se convalidó cuando los rebeldes depusieron las armas, finalizó medio siglo de guerras civiles entre gamonales y radicales que se combatían por constituciones fundamentadas con el orden o las libertades individuales.
El plebiscito de 1957, donde se votó sí al Frente Nacional, que institucionalizó por 16 años la repartición equitativa de los puestos públicos entre liberales y conservadores, se convalidó con la disminución de los odios partidistas que ya cobraban más de 300 mil vidas. El acuerdo de 1990 con el M19 se convalidó cuando los guerrilleros entregaron las armas y amnistiados se dispusieron a participar de los espacios democráticos, hasta elegir a los constituyentes que aprobarían la Constitución de 1991. Que después del 2 de octubre al fin surjan plumas que escriban literatura de reconciliación.
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