El drástico episodio financiero por el que atraviesa Grecia pone de manifiesto el porqué las naciones soberanas no deben ceder su capacidad de imprimir billetes. Abordar problemas de déficit fiscal, iliquidez y crédito restringido sin elaborar papel moneda es la perfecta calamidad para incentivar episodios de violencia e inestabilidad institucional.
Paul Krugman, Nobel de economía en el 2008, vaticinó como la falta de criterios políticos unificados alrededor del gasto, la inversión y el desarrollo impedirían a la UE sobrevivir en el mediano plazo, a menos que las autoridades comunitarias trazaran una ruta con compromisos rigurosos e irreversibles en el manejo fiscal, como las reformas pensionales, el aumento de impuestos y control a gastos de funcionamiento. Pero la burocracia de Bruselas y los bancos europeos olvidaron las precauciones y auspiciaron un concierto de despilfarro con las consecuencias vistas en Irlanda, España, Portugal y Grecia.
Ahora, ad portas de la salida griega de la moneda única, los economistas se cuestionan hasta donde es lícito entregar ese derecho soberano de imprimir moneda para financiarse o en su defecto al ceder esta prerrogativa, cuáles son los beneficios o ayudas para situaciones como las actuales.
El modelo de acuñar papel moneda es tan claro que Estados Unidos aun teniendo uno de los mayores endeudamientos del mundo no causa preocupación a los inversionistas y prestamistas extranjeros o connacionales.
El episodio griego lanza a futuro enseñanzas y advertencias de como no es con buenos propósitos o ingenuidad económica como se administran las naciones y menos unidades económicas como la UE. Solo el domingo conoceremos el desenlace de este brete entre Grecia y la Unión Europea, asunto que afectará por semanas la estabilidad financiera en el planeta.
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