Patricio Falconí Almeida, autor del ensayo “Esa maldita pared”, un estudio crítico sobre el grafiti en Quito Ecuador, nunca imaginó que en Colombia los enemigos del arte urbano pasarían del odio a la acción destructora.
“Esa maldita pared, yo la voy a romper algún día, para que no pueda más interrumpir nuestras vidas. Ahí está la pared…”.
Cali se está transformando en la ciudad gris que en estos días protagoniza el círculo vicioso de unos oponentes que borran los murales pintados en lugares públicos y los artistas listos a reivindicarlos.
Lo insólito es que las acciones contra el arte son pregonadas y admitidas como “jornadas cívicas de embellecimiento”, mientras los artistas tienen que reconstruir sus murales a riesgo que se les persiga.
Al paso que vamos, cuando la pintura gris se impone en los muros de la ciudad y se pregona que la protesta no es un derecho constitucional, no sería extraño que una mente díscola presente un proyecto de ley, esta vez proponiendo asignar zonas de tolerancia a estas expresiones urbanas.
Entonces Cali dejaría de distinguirse en Latinoamérica como la ciudad del muralismo libre, transformándose en una ciudad excluyente y gris.
Quienes gustan de este arte, temerosos de sindicaciones no se atreverían a buscar los murales en lugares estigmatizados para “cierto público”.
Pero en el esclavismo, que acabaron con vidas humanas, no pudieron extinguir sus creencias, su música, sus bailes, ni sus imaginarios.
También en la Conquista y en la Colonia españolas, que arrasaron con indígenas y mestizos, sobrevivieron sus mitologías, sus saberes ancestrales, sus ritmos andinos y sus costumbres.
Ahora tampoco será fácil extirpar los grafitis tatuados sobre la piel de las ciudades, porque renacerán por reproducción artística celular, no molecular, óiganse bien.
Con esa conducta anti muralista y contra grafiti, se exhiben los dignos descendientes de Hernán Cortés, el conquistador tirano que enfurecía cuando sus socios le pintaban grafitis en su casa para reclamarle la repartición de los botines.
Los enemigos del arte urbano callejero, le temen más a los mensajes sobre los muros, que a las sentencias judiciales. Consideran que los grafitis vulneran su gusto, mientras que en los juicios se califica con reserva sumarial.
Prohibirles a los muralistas pintar sobre los muros públicos, significa encadenar el ingenio y amordazar el pensamiento.
Si se continúa con este regreso hacia el oscurantismo, tendremos que prepararnos para padecer la censura de la comunicación alternativa, la desaparición del carnaval, el desmantelamiento inquisidor de libros prohibidos, la revisión de las canciones populares y la penalización de los caricaturistas.
¿Qué pensarán sobre nuestro país los muralistas y los grafiteros de las demás naciones? Colombia, desde la década de los ochenta, es legítima continuadora de ese arte urbano, es legataria del grafiti libertario de 1968 en Paris y del grafiti neoyorquino, que desde 1972 fue icónico de subversión en paz.
Recuérdese que en Colombia, cuando todavía había respeto por los artistas y pluralidad en las expresiones, se programaban trascendentales encuentros internacionales de muralistas y de grafiteros.
Patricio Falconí Almeida, autor del ensayo “Esa maldita pared”, un estudio crítico sobre el grafiti en Quito Ecuador, nunca imaginó que en Colombia los enemigos del arte urbano pasarían del odio a la acción destructora.
“Esa maldita pared, yo la voy a romper algún día, para que no pueda más interrumpir nuestras vidas. Ahí está la pared…”.
No tumbaron la pared, pero los oponentes destruyeron los murales, alegando que quieren evitar el mal ejemplo, adecentar la ciudad, como otrora ocurrió con la reglamentación y oficialización de las llamadas zonas negras de tolerancia, donde camuflaron al sexo ilegal.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar






