Tuve la fortuna de trabajar con los niños y jóvenes de Potrero Grande y conocí personas que le apuestan a la paz y que no quieren ver morir más a sus hijos en un conflicto urbano donde reinan las bandas delincuenciales, las oficinas de sicariato, los expendios de estupefacientes y milicianos de la guerrilla que cobran vacuna a los comerciantes y vecinos con negocios.
Pero en ese territorio también abundan artistas armados con sus voces y bailes, madres cabeza de hogar que cocinan recuerdos del Pacífico, niños que crecen pintando las sonrisas del futuro, jóvenes que integran las mejores bandas de músicos.
En Potrero, en el Tecnocentro Cultural Somos Pacífico, conocí a Jhon Harold Venté, niño que con su nobleza, carácter y liderazgo contagiaba al más desprevenido y tenía la capacidad de defender sus derechos.
La violencia también nos quitó a Jhon pero nos dejó un recuerdo para toda la vida. Potrero Grande debe seguir siendo transformado y la ciudad no puede ser ajena a sus conflictos.
Las organizaciones empresariales y sociales tienen puesta su mirada en Potrero Grande y muchas de ellas han venido realizando una inversión social muy importante, pero siento que se han quedado en procesos formativos y de capacitaciones y no han logrado desarrollar un programa serio donde los jóvenes puedan tener un ingreso para sostener a sus familias y erradicar el hambre que lleva a la desesperación y desesperanza.
Vivir en Potrero Grande se ha convertido en una tragedia para muchas familias y el Estado no ha sido efectivo en la solución de los problemas de convivencia y violencia.
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