El 11 de marzo de 1990, depositando seis papeletas, se elegían: alcaldes, comuneros, concejales, diputados, representantes y senadores.
Entonces, como hecho político, se introdujo una séptima papeleta que convocó a una Asamblea Nacional Constituyente.
La Constitución de 1991 desmejoró nuestras costumbres electorales, ya que tres décadas atrás las elecciones no eran tan costosas, se realizaban en menos fechas y había más confianza.
No era posible que “votaran los muertos”, porque cada sufragante tenía que teñirse con tinta indeleble el dedo índice.
Los escrutinios se validaban volviendo a recontar las planillas de los resultados, en los días siguientes frente a delegados de los partidos en las oficinas de la Registraduría.
En el cuatrenio había dos elecciones, ya que los periodos de las asambleas y concejos eran para dos años.
En la elección de congresistas también se elegía presidente de la república.
Antes del domingo de elecciones los partidos políticos entregaban las papeletas en un sobre, consistente en una tira de papel que los depositábamos en la urna y que los jurados tenían que fraccionar y separar al momento del conteo.
Sólo era posible el fraude en la mesa, después de las cuatro de la tarde, eso si no había presencia de testigos.
En 1970 el informe oficial favoreció al candidato del Frente Nacional, a pesar que la Anapo obtuvo mayorías para algunos concejos y asambleas, propiciándose entonces que los anapistas señalaran de fraude contra el general Rojas Pinilla.
Hace medio siglo, que había dos partidos y las banderas no se habían desteñido.
Se votaba con más fervor, todavía no había grupos financiados por contratistas. Elecciones inolvidables.
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