El silencio del Presidente

Breve y corto, como decía José Pardo Llada. Las guerras las libran los militares y las negocian los políticos. La guerra es un evento político por naturaleza, que se diferencia de otros porque implica derramamiento de sangre.

Contra la guerra y sus efectos devastadores se fundó el DIH, los Convenios de Ginebra y todo el aparato protector de la vida humana. La Paz, además de ser un derecho, es un evento político, que implica la supervivencia de un Estado y su soberanía.

Terminar la guerra y firmar la Paz, es un ejercicio que implica el liderazgo visible del Jefe de Estado.

Todo lo anterior porque los últimos acontecimientos de patético terrorismo ejecutados en el sur del país por las Farc, no han tenido como respuesta la voz y la condena por parte del Presidente Santos.

Derramar petróleo sobre los lechos de los ríos, mientras se negocia el fin del conflicto en La Habana, es ni más ni menos, que un reto a la vigencia del DIH.

No puede negociarse y firmarse un acuerdo de paz, cuando de manera insólita, la carga de la protesta la lleva el negociador, que a nombre del Gobierno gesticula implorando el fin del terrorismo, como si se tratara de la queja lastimera de una nación derrotada.

No conozco, en ninguna de las negociaciones recientes, ni en España, tampoco en Sudáfrica y mucho menos en Irlanda, donde se haya renunciado a la condena y el manto del silencio cómplice haya cubierto la negociación.

La obligación de denunciar y confrontar a las Farc, a que ha renunciado el Presidente Santos, es un vacío gravísimo, que pesará en el mal llamado “postconflicto”.

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