Fui afortunado de contar en mi bachillerato con un profesor amante de la Literatura, que un día llegó eufórico con su diestra levantada enseñándonos un libro “recién sacado del horno”, la primera edición de Cien años de soledad, 30 de mayo de 1967, novela que estrenamos y que con su acompañamiento devoraríamos en dos semanas.
Regresábamos a casa alegres y con la imaginación volando por el realismo mágico de la fundación de Macondo, los inventos de los gitanos y las locuras de José Arcadio Buendía. Úrsula Iguarán era una señora laboriosa y brava, como las mamás de antes.
Con Gabriel García Márquez le salía competencia a Milton González Caicedo, el libretista de Kalimán y de otras radionovelas que nos robaban el tiempo.
Pero un día regresé silencioso a casa, eludiendo hablar de lo leído en la página 257, la narración sobre los tres mil trabajadores bananeros masacrados en Macondo.
En una entrevista el escritor confesaría que al niño Gabito se lo habían contado su abuelo y los sobrevivientes de Aracataca. Secreteábamos, preguntándonos: ¿por qué el profesor de historia de Colombia no refería el hecho en sus clases? Hoy esa página ya no conmueve a los estudiantes, por casos parecidos que dejan de ser noticias novedosas.
Jorge Eliecer Gaitán, recién electo Representante a la Cámara, tras desenterrar las fosas comunes y recoger testimonios, en diciembre de 1928 lo denunció en los debates del Congreso. García Márquez noveló el magnicidio que callaban los historiadores.
¡Qué paradoja: la literatura como fuente de la historia! Ahora que vuelve esa asignatura, ¿seguirá el silencio de los historiadores?
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