El que quiere marrones…

Sin duda, el tiempo es el mejor  árbitro en cualquier controversia. Hace seis años, cuando Jorge Iván Ospina le planteó a la ciudad las 21 megaobras, cayeron sobre el proyecto rayos y centellas y fuimos muy pocos los que dijimos que la ciudad tenía que embarcarse en la iniciativa y que cambiarle la cara a la ciudad bien valía el esfuerzo financiero que exigía. Los más críticos afirmaron que las obras no eran necesarias, que el hundimiento era inviable desde el punto de vista de ingeniería, que la figura de la contribución era ilegal y que los caleños se quebrarían con el pago de valorización. Incluso escuché que a Cali le pasaría lo mismo que a Bogotá con las obras de la 26 y oi propuestas tan absurdas como que Cali sí debía realizar las obras pero una por una, o sea en un plazo de 80 años aproximadamente. La acogida que ha tenido la apertura del hundimiento, del bulevar de la Avenida Colombia y de la plazoleta Jairo Varela demuestra que los detractores no tenían razón.  Hace mucho no veía a los caleños tan entusiastas.  Me resultó  inverosímil el tráfico en el hundimiento y la cantidad de gente caminando por el bulevar, el sábado en la noche. Es emocionante escuchar a los caleños, caracterizados por “despellejar” cualquier iniciativa,  referirse a las obras con orgullo. Cali tiene hoy una cara muy distinta a la de hace 10 años. El MIO y las Megaobras le cambiaron radicalmente el aspecto, pero ya son parte del pasado. ¿Qué sigue? Los caleños queremos más, la ciudad necesita más. Cali todavía está muy lejos de los estándares de las ciudades modernas. La verdad es que lo que a nosotros nos parecen megaobras son “normalitas” en el contexto global en el que la ciudad compite. Cali no puede seguir a paso de tortuga, el mundo exige “hundimientos” a mil por hora.

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