Si bien considero que algunos de sus reparos al proceso de paz tienen una legítima justificación, él enfoca las objeciones con su inherente fundamentalismo, además del evidente aroma de oportunismo político, pues al decir de algunos ya está en campaña presidencial. Claro, ese es estilo del Procurador general, un caballero cuyas opiniones distan de ser imparciales, como muchos lo anhelariamos, pero igualmente no tiene temores para expresar sus ideas sin tacto.
Del otro extremo está el Presidente, hábil negociador, comprometido con su proyecto de llevar al país hacia una vivencia desconocida para la inmensa mayoría, como lo es el posconflicto, antes de la anhelada paz definitiva.
Los dos esgrimen con vigor sus argumentos en pro y en contra del confuso proceso, porque saben de los valiosos réditos que obtienen de ello. Por eso no deja de inquietarme si los beneficios para ambos púgiles estarán impulsados por intereses de carácter general favoreciendo a todos o primarán los de corte personal.
¿Qué ganará Colombia con esta confrontación? Al menos espero que con las discrepancias de Ordóñez le den trasparencia a los puntos grises de las negociaciones y aspiro por ello que Santos le imprima mayor claridad a estos temas difusos y así la sociedad colombiana pueda decidir con criterio ecuánime, si avala el conjunto de resoluciones que emerjan de La Habana.
Infortunadamente solo el transcurso del tiempo determinará cuales son los perjuicios y beneficios de estos interrogantes y si ha valido la pena polarizar la opinión publica del país al nivel en el que se encuentra.
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