Tres asnos concurren al nacimiento de la paz, en el pesebre Colombiano: el primero, con cabeza de marciano, en donde acumula todos los saberes de la ciencia del derecho, fue tan obstinado en sus estudios, que no tuvo tiempo para el deporte, mal formándose su humanidad en un semoviente paturro, de tan mal aspecto que, paradójicamente, la única manera de evitar su escrutinio, es generando cada semana un escándalo, como el entregar sin pudor miles de millones de pesos a una “bella arpía”, sabia, eso sí, en todos los asuntos terrenales susceptibles de contratación a dedo.
El segundo, con cara de cacique “putogenio”, resoplando con sus embravecidos fuelles el pesebre, “madrea” a todo el que ose trasgredir los derechos humanos. Hace apenas unos días, generó lo que podría ser la antesala del juicio final, hubo despidos, gritos y ofensas, porque le embolataron “la gel” con la que amansa su erizada cabellera, tan indomable como su alma atormentada. En lo único que confían, quienes han sido objeto de su “cólera defensorial”, es que su mujer, como todas las que habitan este pesebre, sea más “brava” que él, y lo “apriete” a nombre de todas sus víctimas.
El tercero, es el más peligroso, en vez de los hermosos dientes que los asnos usan para reír, este tiene colmillos, que “pela” cuando procesan a un parapolítico, un conservador corrupto o un militar encartado. Su histeria se sublima, ante los avances de la paz. El riesgo mayor es qué por su fanatismo termine embarbascado, poniendo en riesgo la criatura por nacer, antes que el resto de los mortales le dé el Sí plebiscitario.
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