El peor de los virus

Rodrigo Fernández Chois

En mi vida he tenido pocas epifanías… ¡Pero las ha habido! Recuerdo que la primera revelación ocurrió una alborada gris cuando siendo un primíparo estudiante de economía me dirigía a la universidad.

El ilustre claustro quedaba –y queda aún- incrustado en la pendiente del cerro Monserrate. El frío y la neblina de aquella mañana eran abrumadores y me faltaba unos pasos para atravesar su entrada principal.

Atrás había dejado la estatua de La Pola cuando mis ojos se toparon con una anciana que con gran esfuerzo empujaba un carrito construido de láminas de aluminio.

Deduje enseguida que la mujer, que se protegía del frío con una gruesa ruana, preparaba jugos de naranja para ganar su sustento y el de su familia.

Detuve mi lento andar; de hecho, ya estaba algo ahogado debido a la altitud y elevada pendiente del camino. Me quedo observando a la viejecilla y entonces supe la importante labor de la economía para permitir que los hombres y mujeres que no nacieron con privilegios puedan obtener el pan diario y satisfacer las necesidades básicas de los suyos.

Entendí que es misión de los economistas propender que la economía ofrezca las oportunidades para que, en una mágica comunión con el espíritu de empuje y el deseo de superación, se logré alcanzar una mejor calidad de vida. Estamos todos en un gran mar en el que podemos pescar y no limitarnos a recibir uno o dos peces como regalo o limosna.

Pero lo más importante, comprendí que cuando el Estado impide esta magia, este se convierte en un mal… ¡Se convierte para economía en el peor de los virus!

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