“Y necesito también un lápiz.” Regreso con mi hija al mostrador. “Este es especial para dibujar”, nos dice la vendedora.
“Sí, para eso es que lo necesito, papá.” Sujeto el lápiz con el índice y el pulgar y comienzo a menearlo para crear la ilusión de que se dobla. “¿Sabías que todos somos como este lápiz?” Mi hija me mira curiosa. “Sí. Tú, yo y todos somos como este lápiz por cinco razones.” Ella lo toma para examinarlo. “Fue un abuelo el que le explicó a su nieto el por qué, lo recuerdo bien.
La primera razón es porque el lápiz puede crear obras maravillosas, pero para eso requiere que una diestra mano lo guíe y la mano es, sin duda, Dios.
La segunda razón: cuando el lápiz pierde la punta debemos usar el sacapuntas. Hay que herirlo, cortarlo, algo parecido a los golpes que nos da la vida pero que finalmente terminan enseñándonos grandes lecciones.
La tercera tiene que ver con su borrador. Todos, como este lapicito, podemos reparar nuestros errores, lo cual nos hace grandes.
La cuarta es que no importa cómo luzca por fuera, siempre lo más importante será la calidad del grafito que hay en su interior”.
Empezamos a pasar los útiles por la caja registradora. Mi hija reflexionaba sosteniendo aún el lápiz. “¿Eso también señor?” Preguntó la cajera. Pagué por todo y empacamos en la bolsa de tela que traíamos. Al salir del almacén, mi hija buscó el lápiz en la mochila y me inquirió “¿Y la quinta?” La miré sonriendo. “La más importante de todas: siempre dejamos trazo de lo que que hacemos”.
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