Presentí una ráfaga en forma de recio viento nostálgico tras los oficios religiosos del jueves santo, antesala de la noticia que daba la vuelta al mundo: “A las tres de la tarde, Gabriel García Márquez ha muerto”.
Tal situación me envolvería en un manto de mil recuerdos. Retrocedí al verano parisino de 1996. El Nobel promocionaba el manuscrito fundamentado en el secuestro de mi tía Maruja Pachón y otros periodistas a manos de Pablo Escobar.
Llegamos a la estación de Montparnasse, donde nos encontraríamos los hermanos Galán Pachón con el hombre del realismo mágico.
Con afabilidad nos introduce en su amena conversación. Verlo cerca nos permitía sentir una mezcla extraña entre su vanidad (usaba zapatos de tacón para verse más alto), sencillez, timidez y capacidad para hacerte sentir su amigo íntimo. De paso por el cementerio de Montparnasse nos cuenta que su amigo Julio Cortázar comparte un espacio con su mujer en el pasillo principal del camposanto.
Nos recordó que por fortuna el tiempo pasa y castra la piel. Imagino que lo diría por la muerte de mi padre. “Les invité porque quería conocerlos”, dijo firme. Pedimos choucroute (repollo con salchicha).
Le hablé de mi proyecto de tesis sobre el nuevo liberalismo e interrumpió para sugerir: “No creo que puedas escribir una tesis que merezca atención alguna sin una extraordinaria disciplina”.
Él escribía todas las mañanas por lo menos una cuartilla. Abre el libro de su autoría y anota: “Para Juan Manuel, el día que empezó a escribir su tesis alrededor de una choucroute”.
Ahora ‘Gabo’ nos motiva a pensar que si él, siendo el hijo de un telegrafista, logró ganar un Nobel, podremos direccionar nuestro futuro y conducirnos en silencio a tan anhelada paz.
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