No vayan a creer que no voy a opinar sobre las elecciones. Dejaré para las próximas columnas los análisis.
Que la funcionaria encargada de darle nueva vida al Ferrocarril del Pacífico haya descrito los avances de su recuperación, desplaza, por su importancia, cualquier acercamiento a la piñata electoral. No sé en qué momento la mirada bogotana decidió que el ferrocarril, a diferencia de todos los países, debía pasar al cuarto de San Alejo.
El cemento y el avión nos colocarían en una ruta que han hecho de nuestra economía un ejemplo de incompetencia, solo comparable a las regiones más atrazadas del planeta.
El Ferrocarril del Pacífico me recuerda a mi padre, quien era el propietario de toda la cadena de servicios que respondía por la atención de los pasajeros y que se iniciaba en Buenaventura, pasando por Cali y Palmira, hasta terminar en Cartago.
Este recorrido lo hice muchas veces, pero el tramo que más recuerdo es el de Cali a Buenaventura que realicé por última vez en la década del 60, en una excursión del colegio.
Una nueva etapa, quizá la más importante se abre para Cali, que recupera de esta forma, 40 años de atraso, pues paulatinamente, el centralismo bogotano, nos incomunicó con Buenaventura, al dejar agonizante el ferrocarril y aplazar por 30 años la construcción del viaducto, transformando a Buenaventura no en la ventana para el progreso, si no en un gravísimo problema para Cali, dado que se creó un corredor controlado por la violencia y el crimen organizado, dando lugar al nacimiento del Distrito de Aguablanca que, con más de un millón de habitantes, funciona cultural y económicamente más como un barrio de Buenaventura, que como parte de Cali.
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