Yo estudié Letras -una carrera preciosa que ya no existe en Colombia, con unos profesores envidiables- en la Universidad del Valle entre 1966 y 1970.
En estos años y antes y después, el Instituto Caro y Cuervo era un faro de luz que desde Bogotá iluminaba todo el ámbito de la lingüística, la filología y la literatura, nacional e internacionalmente y se convertía en un espacio ideal al que algún día había que llegar, igual que a su mítica biblioteca en su sede de “Yerbabuena”.
Se trataba de un centro de estudios e investigación en el que se formaban críticos, profesores e investigadores con rigurosidad y dedicación al pensamiento y a las ciencias humanas.
Se que todo acto humano o institución está “teñido” de política, pero una cosa es eso y otra muy distinta convertir una institución que debe tender a la objetividad y a la ciencia, en un fortín político-partidista como ha ocurrido en los últimos años y sobre todo está ocurriendo ahora con el Caro y Cuervo.
Este proceso se enmarca en las dinámicas de confrontación permanente [no diálogo], que se están dando en el país, en las cuales se inscribe por ejemplo la afirmación de Juan David Correa de que “el idioma castellano (que nos comunica con 520 millones de personas en el mundo y en el que se escribió una obra como El Quijote) no fue un bien para el país”.
La “tapa de la olla” como popularmente se dice es el nuevo director que han nombrado en el Instituto.
El señor Sergio Esteban Vélez no es investigador, no es estudioso, no es académico… es un periodista que parece ser que escribe versos.
Y digo que escribe versos porque nadie que tenga la insensibilidad literaria que este señor ha mostrado, merece el nombre de poeta.
No tengo nada contra los periodistas pero sí contra quienes ejercen su oficio por medio de videos o tik-tok irresponsables.
Vélez ha grabado dos videos que son la cumbre de la irresponsabilidad y la ignorancia: Uno contra Gonzalo Arango, otro contra Andrés Caicedo.
Dos aportes indiscutibles a la literatura nacional.
Juzga al uno por su ideología y su ateísmo o “conversión” y juzga al otro por su suicidio.
Esto es lamentable porque nadie que haya estudiado mínimamente la literatura de este país puede dudar de la capacidad poética de Gonzalo Arango, de la potencia de su Obra Negra o de los aportes que al panorama nacional realizó el Nadaísmo.
Igualmente nadie puede dudar de la calidad del trabajo narrativo de Caicedo: su profundización en las dinámicas juveniles y en el desarrollo de Cali en los años 60/70 del siglo anterior, una aldea que se abría a golpes a la ciudad moderna y una juventud que buscaba caminos sin encontrarlos.
Convertir el Caro y Cuervo es una punta de lanza para lo que han denominado batalla cultural es acabarlo.
Es convertir un centro de estudio, investigación y pensamiento en una organización para manejar slogans, señalar enemigos y poner la cultura y la ciencia al servicio de las ideologías.
Por concebir en estos términos la cultura le quitan el presupuesto y sus funciones al Ministerio… las batallas ideológicas no necesitan ni creatividad ni desarrollo, están afincadas en lo que ya hay.
La cultura necesita creatividad, libertad y por supuesto presupuesto económico en un país en que ser artista o escritor paga muy poco. Triste panorama. Réquiem por el faro que ha sido el Caro y Cuervo.
Lamentable su suerte actual con semejante dirección.
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