La arquitectura estética de las ciudades modernas es reflejo de las políticas de planeación y de ordenamiento territorial aplicadas por sus gobiernos.
En el caso de Cali, sobre todo en estos días de congestiones vehiculares y peatonales, cuando la zozobra cunde en las calles que parecen andenes y viceversa, intuimos que a nuestras administraciones municipales les faltó aplicar políticas urbanas de Estado.
Eso propició el paso de la bella villa panamericana del siglo XX a la ciudad postmoderna ruidosa y hacinada de principios del segundo milenio.
Quién no recuerda la calle 15 de amplios andenes y cuatro carriles vehiculares con separador central y sus arbustos en fila. Era el ventrículo de la ciudad, ya que concentraba locales comerciales, almacenes, bancos, salas de cine, restaurantes, fuentes de soda y hoteles para los turistas.
Los caleños convergíamos muy tranquilos a cumplir en el centro de la ciudad con las actividades económicas, a adelantar gestiones administrativas o simplemente a esparcirnos con el acogedor paisaje citadino.
Pero desde la antiestética construcción de las estaciones del transporte masivo y la demarcación de sus vías exclusivas, se anarquizó la cotidianidad de los peatones.
El aparente sosiego del que gozábamos desde que abrieron el bulevar del río Cali, porque nos permitía sentir la brisa de las tardes, ahora es amenazado por la intranquilidad ante el rumor de que un bus del masivo posiblemente transitará por el lugar.
Pregunto: ¿qué sentido tuvo la gran megaobra del hundimiento de la avenida Colombia, si uno de sus objetivos era ofrecer un espacio acogedor para que lo disfrutáramos tertuliando los caleños? Que le consulten al pueblo antes de tomar decisiones equivocadas.
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