Nadie se imaginaría sin bigotes a Francisco de Paula Santander, Miguel Cervantes Saavedra, Gabriel García Márquez o a Salvador Dalí.
Ellos acogieron su mostacho de pelos como un regalo maravilloso de la naturaleza y por eso con gratitud desde su juventud lo lucieron con elegancia y pulcritud.
Claro que hoy abundan “bigote-brochas” que lo llevan sólo por miedo a que se enojen sus esposas si al acariciarlos afeitados los confundan con extraños.
Hay mujeres exigentes, como una osada amiga mía, que por ignorar que no me gusta usar bigote porque se asemejaría a un cerco caído debajo de mi nariz, me protestó por falta de besos puercoespín y terapias lumbares electrizantes.
Francamente, Dios dio bigote a quien no tiene nariz o viceversa, por ejemplo, miremos el frívolo caso del bigotudo Horacio Serpa que públicamente, en el programa Descárate sin evadir, se atrevió a ponerlo como prenda de garantía en una mala apuesta con Alejandra Azcárate. Prometió que si Rafael Pardo perdía las elecciones a la Alcaldía de Bogotá, él se rasuraría.
No le importó que desde hace medio siglo le mejoraba la cara y le daba credibilidad política. El mostacho tiene tanta significación cultural que la leyenda de Santa Librada narra la historia de aquella doncella con vocación religiosa cuyo padre quería obligarla a casarse con un notable de la realeza y la Divina Providencia con un milagro la dota de bigote para protegerla.
Posdata: A propósito de la suerte eutanásica del bigote de Horacio Serpa, propongámosle al Congreso que admita en sus curules sólo a bigotudos dignos.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar

