El cine colombiano gana premios en importantes festivales mundiales y a nuestros filmes criollos les abren puertas los teatros europeos con la gran acogida de la cinefilia, mientras aquí en nuestros megacentros les asignan por pocos días alguna pequeña sala donde concurren escasos espectadores.
Eso evidencia el criterio mercantilista que manejan los distribuidores y la falta de cultura sobre el séptimo arte, que nos distingue y no valora las producciones nacionales.
Ocurre con El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, su tercera película, que llega a la cartelera nacional después de ser ovacionada en el Festival Cannes, elogiada por la crítica internacional y tras obtener el Premio Art Cinema Award de la Quincena de Realizadores, que le mereció exhibición en 3000 salas europeas.
Haciendo honor a sus nombres, Ciro Guerra es un guerrero que con su tercer largometraje convoca a un diálogo reflexivo sobre los hechos históricos de agresión cultural ocurridos y que continúan, en algunas extensas zonas étnicas del territorio nacional.
Las imágenes de El abrazo de la serpiente nos recuerdan los genocidios narrados en Breve relación de la destrucción de las Indias, de Fray Bartolomé de Las Casas, los horrores que leímos en Siervos de Dios, amos de indios, investigación socio étnica de Víctor Daniel Bonilla, como igualmente, los capítulos de La Vorágine, de José Eustacio Rivera.
En la novela realista, publicada en 1924, el escritor opita narra esos infiernos de las zonas selváticas de Vaupés y Orinoco, donde la sed de riqueza y la explotación del caucho exterminaron las étnias y a los caucheros. El abrazo de la serpiente, ese otro infierno de la Amazonía, ahora espera el abrazo del público colombiano.
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