A partir de las 10am del pasado lunes comenzó un largo eclipse en las redes sociales más protagónicas de todo el conjunto que las abarca. Muchos creímos a primera instancia que se trataba de fallas en la red o tal vez en el funcionamiento de los dispositivos hasta que se conoció que el problema era de talla mundial y generado en la fuente misma.
Fueron varias horas de eclipse, largas horas que nos demostraron el grado de dependencia que hemos desarrollado con estas redes sociales en particular.
Se habla de los miles de millones que perdió su dueño. Incluso se afirma que bastaron esas pocas horas para que el personaje en cuestión descendiera en el ranking de los hombres más ricos del mundo. Sí, seguramente así fue. Pero también las pérdidas de los millones de pequeños usuarios son incalculables. No sólo aquellas que son fácilmente cuantificables por la no realización de transacciones comerciales sino todos aquellos incidentes sucedidos por la falta de comunicación que con toda seguridad trascienden la esfera monetaria.
Fueron tres las redes que fallaron, tres que al ser de un mismo dueño puede evidenciar una falla de mercado conocida como “monopolio” y que afecta la prestación de este servicio hoy tan fundamental.
El valor que nos brinda la completa, real e inmediata interconectividad social es incuantificable. El acceso sin barreras y sin costos muy exagerados a la información –que ésta sea verdadera, falsa o malintencionada es otro problema- permite que casi que sea posible el paraíso de la competencia perfecta que aspiramos los economistas.
Sí, el eclipse en las redes que acaba de ocurrir deja muchas reflexiones.
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