Diplomas que avergüenzan

Rosa María Agudelo

El conocimiento no puede seguir siendo subvalorado. La experiencia no puede seguir siendo despreciada. Las habilidades no pueden seguir siendo ignoradas.

Lo que revela el escándalo de los diplomas falsos en entidades del Estado es mucho más que una trampa burocrática: es una evidencia de la cultura del atajo, de la mentira institucionalizada, del desprecio por lo correcto.

No es un caso aislado. Es un patrón. Es una forma de gobernar. En este gobierno se han nombrado personas sin preparación, sin méritos y, peor aún, con procesos judiciales vigentes.

Se han modificado perfiles para acomodar a los amigos. Se ha permitido acceder a cargos técnicos con títulos que nada tienen que ver. El mensaje es preocupante: con el pretexto del cambio todo se puede torcer.

Indigna. Porque mientras unos falsifican títulos, otros estudian con libros prestados. Mientras unos compran cartones, otros hacen fila para una beca o ruegan por un crédito.

Mientras unos mienten, otros se esfuerzan en silencio. Y el Estado, en lugar de premiar la excelencia, fomenta el torcido. Estas prácticas no son inclusión, no son equidad. Es trampa, es mafia, es fraude.

El presidente Petro tiene responsabilidad. Porque el ejemplo también se gobierna. Porque desde arriba se valida o se corrige una cultura. No se construye un país más justo con diplomas chimbos o ubicaciones sin mérito.

No se dignifica a los territorios excluidos mintiendo sobre sus capacidades. La verdadera igualdad empieza por respetar el conocimiento y exigir idoneidad. Gobernar con los mejores no es un privilegio de élites: es una obligación democrática.

Estoy segura de que también hay excelencia en las clases populares. La cultura del atajo nos está matando.

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