Al fin salimos de ese viacrucis en que se nos convirtió la campaña para elegir Presidente de Colombia.
Escribo esta nota el viernes en la mañana; por tanto, no sé cuál de los dos candidatos ganó.
Es obvio que el ganador debe comprometerse seriamente a resarcir la confianza del país, con mucha responsabilidad, porque esa campaña política fue sucia, ofensiva y ultrajante. Han quedado heridas muy sensibles.
No quiero ni pensar que tantas promesas fueron mentiras electorales, aun cuando eso siempre ha sido así.
Lo cierto es que Colombia tiene un rezago industrial. La producción interna ha sido reemplazada por aquellos países con los que Colombia firmó TLC.
Eso lo están aprovechando aquellos industriales que antes producían y ahora no. Por eso no creo en las cifras del Dane respecto al empleo, las que me parecen maquilladas, como muchas otras cifras de orden social y económico.
También produce escepticismo el diálogo de paz con las guerrillas. Sus enunciados antes de elecciones parecían eso, un empujón electoral.
Se habla de un crecimiento económico importante (4%) que solo beneficia a muy pocos. A muchos se les aumentó el salario y pensión en 1,94% como tasa de inflación pero la canasta familiar ya va en más del 2,5%, lo que quiere decir que ya existe un desequilibrio en perjuicio de los que poco tienen o poco ganan.
Ni hablemos de la salud y la educación, temas terribles para los de abajo. Y lo más importante, es hora de parar la corrupción. Muchas cosas deben empezar a cambiar en beneficio del país, en general.
Tarde que temprano, los malos gobiernos, tantas promesas incumplidas, pueden resultar costosas. Nos da miedo “venezolanizarnos”.
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