Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Días de ocio

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Una amiga me preguntó qué había hecho en los días de confinamiento. Le respondí que “ocio”. Me hubiese ganado fuetazos de mi madre las veces que así respondiera.

Mi amiga, algo molesta, repitió las palabras que le escuchaba a mi progenitora cuando en vez de tareas hacía pilatunas: “El ocio es la madre de todos los vicios”.

Sin adivinar qué porquerías imaginaba mi amiga, caí en la cuenta que es una de las palabras que el argot popular sigue usando con otro significado.

Aunque otrora los escolares consultábamos un pesado diccionario, “ocio” conservó por generaciones un significado apócrifo, diferente al aprobado por los miembros de la Real Academia del Idioma.

Valga mi anécdota para recordar que existen palabras nuevas sin aprobación, algunas apócrifas, otras en riesgo de extinción que les llegará el fin sin un merecido sepelio. Gracias al ocio afloró la cultura greco-latina. En dieciocho meses de ocio García Márquez escribió Cien años de Soledad.

Durante mi ocio pulí mis columnas e informes. Desempolvé mi biblioteca y releí libros que ahora hallé más exquisitos.

Hice deliciosos ejercicios corporales en dos metros cuadrados. Me ensayé de chef, comprobando que cocinar hizo al hombre. Disfruté de tertulias musicales, por meet, con Aníbal, Alfredo y Oscar. Definiría el ocio con una frase de Nuccio Ordine: “La utilidad de lo inútil”.

Bueno, disfrutaré nuevamente del ocio cuando me jubile. Entonces invitaré a mi amiga a hacer ocio: pasear, escuchar música, leer y escribir. Garantizo le gustará.

No aspiro una sociedad sin clases sociales, sino dedicada al ocio: tertuliante, deportista y admiradora de las bellas artes.

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