La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas proclamó en 1993 que cada 22 de marzo se tome como fecha para celebrar el Día Mundial del Agua.
Pero los citadinos, que diariamente desde la grifería despilfarramos el líquido, todavía no dimensionamos el valor social del precioso recurso. Según la ONU, actualmente cerca de 700 millones de personas en el mundo no satisfacen plenamente su sed.
En nuestro caso recordemos que apenas hace dos décadas, durante el gobierno de César Gaviria, un intenso verano provocó su escasez, con la consecuencia del racionamiento de la energía eléctrica y el cambio de la hora oficial.
Los campesinos son los únicos que desde niños sí entienden que una plaza de terreno sin agua tendrá precio de huevo y, que la disputa por nacimientos y afluentes, puede degenerar en riñas mortales entre vecinos de una misma vereda. En Colombia, los gobernantes no tienen plena conciencia sobre el valor del agua.
¿A cuál de los candidatos le escuchamos siquiera prometer que su papel en el Congreso de la República se centraría en legislar normas efectivas para la conservación de la riqueza hídrica?
¿Será que no sirve de ejemplo que hace pocos años en Bolivia se protagonizaran fuertes protestas y movimientos sociales por la defensa del agua, con el grave costo de pérdidas humanas y que tal consigna de lucha le posibilitó el camino hacia la Presidencia al líder opositor Evo Morales?
Llegará el día que ya no sean noticia los conflictos bélicos por el petróleo, sino que haya amenaza de guerras por el dominio del agua. Ese día apocalíptico se convertiría en nuevo imperio el país que posea el agua para vender.
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