Desde el vientre hasta los poros (I Parte)

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

La salsa caleña bien merece la declaratoria ministerial de patrimonio cultural de la nación. Nuestra salsa está impregnada en la historia cultural de Santiago de Cali, en su literatura urbana, en el germen orquestal musical, en su posicionamiento de olimpo de sus dioses universales, en la identidad juvenil caleña de todos los tiempos, en los investigadores que la ubicaron en la academia, en el séptimo arte autóctono.

Tras el proceso social de crecimiento urbanístico que se vivió en Colombia desde mediados del siglo XX, se gestaron culturalmente dos ciudades emblemáticas: la Medellín tanguera que emuló a Buenos Aires y la Cali salsera que le disputó el título a Nueva York y a Puerto Rico.

Un siglo después que Jorge Issacs universalizó a Cali con una historia romántica, Andrés Caicedo continuó la misión literaria con Que viva la música. Quienes nacimos en este suelo cuando apenas contaba con cien barrios caleños, siempre recordaremos a La Gran Banda Caleña, a Piper Pimienta Diaz, a la Formula Ocho, entre otras, como las primeras agrupaciones que afinaron nuestros pasos sembrando el germen musical salsero en la “Sucursal del cielo”.

Esto fue tan fuerte que muy pronto nuestra plaza ferial sedujo a los grandes: Richie Rey, Héctor Lavoe, Jhonny Pacheco, Eddie Palmieri, la Sonora Ponceña, La Dimensión Latina, El Gran Combo, para que como dioses universales escogieran nuestra ciudad como el Olimpo que congregaría a multitudes en las verbenas y casetas de la Feria de Cali. Fue tanto el entusiasmo, que Richie Ray rindió su homenaje salsero a Amparo Ramos Correa. Continúa mañana…

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