El escándalo del presidente de México, Enrique Peña Nieto, no es una noticia novedosa en la política. Hace 20 años, por otro caso de plagio de tesis, renunció Sandra Correa, la entonces ministra de educación del Ecuador. En 2011, Karl Theodor zu Guttenberg, ministro de Defensa de Alemania, se vio obligado a renunciar a su cargo por idéntica causa.
El presidente húngaro Pál Schmitt, renunció en 2012, luego de que la Universidad Semmelweis de Budapest le retirara el título de Doctor por no citar adecuadamente sus fuentes. Abundan los casos, pero prefiero referir la otra cara de esa conducta que atenta contra la propiedad intelectual: cuando el autor es acusado de plagiario.
Sí, como lo oyen o, mejor, lo leen: aprovechando que los profesores no patentan sus clases, ni guardan el registro sonoro de sus conferencias, incurriría en plagio el estudiante que sin citarlos las transcriba en una tesis de grado. Pero, posteriormente, si el docente publica sus ideas sobre esos temas en una revista académica, el deshonesto graduando, sin reconocer que se las escuchó en sus clases, lo denuncia de plagiario, alegando que con anticipación él ya las había escrito en su tesis.
Los seres humanos nacimos predispuestos a plagiar. Plagiario es el niño copión de las tareas. Lo es el “erudito” catedrático que no cita las fuentes de que se sirvió para sus clases magistrales. Son plagiarios los políticos que leen discursos comprados en campaña, igual que los gobernantes ventrílocuos. Perdón, me culpo de que en otrora admití plagiarios cuando me compraban cartas de amor para sus novias.
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