Antes se pedían bibliotecas para los colegios, ahora sólo salas virtuales. Pareciera que en estos tiempos cibernéticos continuar con la cultura libresca fuese algo obsoleto.
En otrora, terminadas las jornadas escolares se veía cómo los libros eran portados amorosamente y consentidos sobre los pechos de las colegialas o incómodamente sostenidos entre las axilas de los muchachos, pero en ambos casos orgullosamente paseados.
Al encontrarse con un amigo, sin recato alguno las personas le miraban la portada de su libro para enterarse qué leía. Este les satisfacía la curiosidad prestándoles el ejemplar para que lo hojearan, lo ojearan o lo acariciaran. Los adultos miraban con respeto a aquellos jóvenes que portaban libros porque los estimaban dignos para iniciar un debate o de ser invitados a una tertulia.
Hoy los jóvenes circulan con sus Tabletas o con sus Iphones en los bolsillos u ocultos en la cintura rosando sus tatuajes a flor de piel, sin que nadie se atreva a mirarles cuando los sacan para manipularlos.
Ensimismados en su acto solitario ellos ríen por algún chiste o un mini video que les envíen o que cacen en la red. Sólo cuando se les requiere, desconectándose de sus audífonos vuelven al mundo real.
En otrora el contacto con los libros y admisión de saberes era directamente proporcional, a más tiempo de lectura, más conocimientos. Hoy la relación con la máquina es inversamente proporcional, a más tiempo en la red, menos conocimientos, tal vez se adquieran píldoras de información.
Inverosímil, pero lo confirman las evaluaciones: hubo mejores resultados cuando los libros eran la única fuente del conocimiento. Propongamos un buen uso de la tecnología.
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