De Humberto Eco leí dos libros: El Nombre de la Rosa y El Péndulo de Foucault. Años después vería la película basada en el primer libro que tuvo críticas por la supuesta falta de paralelismo entre cinta y obra; ¡Todo lo contrario! Que bella recreación de los laberintos de la abadía y extraordinaria interpretación de Sean Connery como fray Guillermo de Baskerville.
Secretos velados, intrigas, poder y muerte: esencias de la naturaleza humana… Y la muerte, inexorable destino, terminó apagando la llama del autor. Eco, con su talante ya estaba preparado. En 1997 publicó una columna: “”Cómo prepararse serenamente ante la muerte. Breves instrucciones a un eventual discípulo”. En ella decía: “La única manera de prepararse para la muerte es convencerse de que todos los demás son huevones (…)
Hay que empezar pensando que todos los demás son mejores que nosotros, y luego ir evolucionando poco a poco, tener las primeras débiles dudas hacia los cuarenta, comenzar la revisión entre los cincuenta y los sesenta, y llegar a la certeza mientras se avanza hacia los cien.(…)
De modo que el gran arte consiste en estudiar el pensamiento universal; escrutar las costumbres; controlar día a día los medios de comunicación de masas, las afirmaciones de los artistas seguros de sí mismos, los apotegmas de los políticos descontrolados, los sofismas de los críticos apocalípticos, los aforismos de los héroes carismáticos, estudiando las teorías, las propuestas, las apelaciones, las imágenes, las apariciones.
Solo entonces, por fin, alcanzarás la perturbadora revelación de que todos son huevones. En aquel momento estarás preparado para el encuentro con la muerte.” Paz en su tumba.
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