La semana pasada, a raíz del foro sobre resiliencia comunitaria, Walter Cotte, caleño, subdirector de la división de programas de la Cruz Roja, comparó la violencia que se vive en nuestra ciudad con la de Siria y la calificó de demencial.
¿Exageró? Quienes habitamos en la ciudad podríamos decir que sí.
Pero no olvidemos que Cotte vive en Suiza y desde su punto de vista, como del de cualquier habitante de un país desarrollado, casi 1.300 homicidios en un año es inconcebible.
Para él también debe resultar de locos vivir al acecho de raponeros, fleteros, extorsionistas, expuestos a morir por balas perdidas y que incluso en el estadio corramos el riesgo de resultar heridos por armas blancas.
Dicho así, yo le daría la razón. Nosotros nos hemos acostumbrado a la violencia, la justificamos y minimizamos su impacto explicándola como accionar de las bandas criminales.
Nos vemos como una sociedad sana, no violenta, que produce excepcionalmente delincuencia organizada. Es tal nuestro desenfoque que nos sentimos orgullosos de tener una de las mejores policías del planeta, hacemos giras por todo el mundo para hablar de la metodología que nos permite llevar buenas estadísticas de los muertos y felicitamos a las autoridades cuando logramos bajar unos cuantos puntos el índice de homicidios. Somos tan raros que nos proclamamos el país más feliz de la Tierra.
La resiliencia es la capacidad que tienen las comunidades expuestas a desastres, crisis y vulnerabilidades subyacentes de anticipar, reducir el impacto, afrontar y recuperarse de los efectos de la adversidad. ¿No será que somos en exceso resilientes y que nos falta es un poco de resistencia?
A veces pienso que lo que necesitamos es revelarnos contra la ineficiencia e inoperancia del Estado y pasar de la resiliencia a la exigencia.
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