La impresionante noticia de la muerte de la niña Yuliana a manos del “prestante” señor de la oligarquía bogotana ha puesto al país a pensar sobre la tragedia que viven a diario miles de familias pobres en Colombia.
Una familia humilde del Cauca huye de la violencia y la marginalidad hacia la pujante capital en búsqueda del sueño “dorado”, encontrando allí más pobreza, engrosando las cifras de miles de personas en la miseria de las grandes urbes, viviendo en barrios subnormales, donde la droga, el hurto, la prostitución y la violencia campean por doquier.
Para colmo de males, como si no fuera suficiente con la desgracia que el destino les asignó, por culpa de una sociedad que no ha sido capaz de asumir un proyecto de nación incluyente, equitativo, se tienen que tropezar con la más absoluta barbarie de un ser abominable que, habituado a vivir otra cara de la moneda, de opulencia, prepotencia económica y social, que en el caso de la rancia sociedad neofeudal bogotana es más evidente e insoportable.
Pero este caso que nos llena de dolor y absoluto pesar por lo cruel y las características de los autores, se repite a diario en diferentes formas con gran variedad de actores, violencia psicológica, física sexual, económica, social, cultural, contra niños, mujeres, ancianos y en general la población desprotegida, es muestra fehaciente de una sociedad con signos visibles de patologías que rayan en la demencia, que necesita no posiciones mediáticas, sino que clama por justicia en el más amplio sentido de la palabra.
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