Ha ejercido su profesión de abogado con lujo de detalles, que genera envidia por lo consagrado al permanente estudio y revisión de estructuras jurídicas y del Estado, acompasado de episodios históricos.
Lo escuchaba siempre, cada mañana, cuando era analista en un noticiero radial al lado de Juan Gossaín. Ambos eran una cátedra abierta de opinión, periodismo, academia pura. No atisbaba ningún apasionamiento o encono por tema alguno.
No hay que olvidar que su paso por la asamblea nacional constituyente dejó la huella de su sapiencia como constitucionalista; igual lo hizo como magistrado de la corte suprema, donde el debate era en esa época con altura, argumentos sólidos y dialéctica. No había Bulas, Ricaurtes, Morenos…
Se dedicó, con ahínco, a conseguir la firma de los acuerdos de la Habana con la guerrilla más antigua de la esfera, como jefe negociador, y lo logró. Hablaba con los empresarios y daba parte de tranquilidad, manifestando que en Cuba no se estaba negociando el régimen económico y hasta ahora esa palabra sigue firme.
Pasó por el nadaísmo y junto a Elmo Valencia “El Monje loco”, recién ido de este mundo, pegaba afiches por allá en aquellos años jóvenes en Manizales. Debo decir que para estar en ese grupo de poetas, literatos, filósofos, había que tener una sensibilidad que pocos tienen, menos en el campo político donde el pragmatismo avasalla.
Ha usado un verbo que pocos en lo público y en lo burocrático saben conjugar, como es el de renunciar, lo cual hizo cuando tuvo hondas diferencias como vice-presidente de Ernesto Samper
Ya ven, hablo de un ser humano que ha estado comprometido por toda una vida con el manejo de las cosas del Estado, y nunca ha tenido una tacha o cuestionamiento que empañe su imagen.
Es Humberto de la Calle, el candidato Liberal, por el que hay que votar este domingo 19.
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