Darwinismo cultural

Dicen que Marx quiso dedicar su magnum opus a Darwin y que el evolucionista no aceptó tan especial homenaje.

Presumo que la intención dedicatoria del alemán se basó en el símil que puede haber entre el proceso de selección natural y la competitividad propia del sistema capitalista. ¡También habría yo apostado por tal parecido! Pero para el biólogo que tenía claro que nuestros abuelos eran peludos y con cola, una cosa era una cosa y otra cosa era otra cosa.

En la selección natural de las especies, los periodos de inversión genética no pueden equipararse a lo que dura el parpadeo de un estado de resultados. Y la diferencia más categórica para Darwin es que la ganancia de la selección natural -o sea las nacientes características de los seres vivos que los hacen más aptos- es fruto del azar y no de un propósito deliberado como sí opera en el capitalismo en el que el mandato es maximizar utilidades.

Está bien Mr. Darwin, clara es la distancia. Sin embargo, su ley de selección y supervivencia del más apto es tan rica conceptualmente que, con su venia, la utilizaré en el plano cultural. ¡Espero no perturbar su descanso en la Abadía de Westminster!

Como gestor cultural -ya no editorial sino de expresiones escénicas- he sido testigo de la multiplicidad de propuestas con estructuras simbólicas definidas que nacen y evolucionan en nuestra ciudad. Sé también que si estas pro-puestas se excluyen -voluntaria o circunstancialmente- de los escenarios donde el capital es hegemónico, están condenadas a la extinción.

Entonces, ¿no es loable implementar a través de la selección artificial un proceso de darwinismo cultural que preserve, desarrolle y -lo más importante- haga rentables las múltiples expresiones culturales? Pensar lo contrario es obligar a todos a que nos guste, vivamos y sintamos el mismo color.

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