Los docentes de etnoeducación, las organizaciones afrodescendientes y los intelectuales incluyentes, esperaron con mucha expectativa el 2020, declarado Año de Zapata Olivella por el Ministerio de Cultura. Pero la pandemia del Covid-19 también se ensañó con lo planeado en homenaje al gran escritor, replicando los años de invisibilidad de su nombre. Se ensañó porque nos dimos cuenta de las dificultades virtuales en la educación que mínimamente permitieron cumplir los planes curriculares.
El confinamiento impidió actividades presenciales solemnes con los escolares, apagó la euforia reservada por las etnias y no pudieron convocarse en recintos los foros intelectuales sobre su legado. Por eso fue muy meritorio el conversatorio virtual organizado por la Fundación Raíces Negras, que invitó a Darío Henao Restrepo a disertar sobre Manuel Zapata Olivella. El decano de la Universidad del Valle emitió una profunda charla coloquial sobre la magnitud universal de su obra y la grandeza cultural del folclorista, investigador, médico, antropólogo, sociólogo y novelista, que naciera en Lorica, Córdoba, el 17 de marzo de 1920.
Darío Henao confesó que Zapata Olivella le determinó su camino intelectual, siendo él un joven educador de 23 años que lo conoció en Santa Martha en 1978. Quedé preocupado porque con las conclusiones de Darío Henao me di cuenta que nos faltaría una pata en conocimientos literarios, si después de leer “Cien años de soledad” de García Márquez, no incursionamos juiciosamente en “Changó el gran putas” de Zapata Olivella. Macondo encarna la realidad latinoamericana. La novela antiesclavista de Zapata, está cargada de mitología africana y de diásporas narradas desde la perspectiva yoruba.
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