Diario Occidente

¿Cuándo diremos la verdad?

Víctor Manuel García

Para nuestros abuelos la palabra empeñada era una cuestión de honor y de respeto hacia los demás, aún si el mantener el compromiso acordado traía resultados no tan deseados para la persona que la había “empeñado”.

Asimismo, se inculcaba desde los hogares y se reforzaba en el colegio que las responsabilidades se debían asumir, las consecuencias de los actos u omisiones de una persona no se debían evadir por ningún motivo.

La “verdad” era un valor importante en una sociedad que a pesar de las dificultades que afrontaron diariamente, esta se convirtió ante la ausencia en múltiples ocasiones del Estado y la ley, en un hecho que marcó el derrotero de actuar de los individuos de esa época.

Sin embargo, con el transcurrir de los años y los cambios generacionales, esta percepción se fue diluyendo poco a poco y vemos como cada vez más, la palabra como símbolo de respeto hacia los demás se erosionó.

¿A qué va esta remembranza?

En los últimos años los colombianos hemos visto estupefactos diversas situaciones protagonizadas por los representantes de los ciudadanos ante el Estado colombiano, sea en calidad de ordenadores del gasto, como legisladores o como direccionadores de los entes de control y/o de justicia.

Desde el Presidente de la República, pasando por alcaldes, gobernadores, concejales municipales y diversos representantes del Estado colombiano, han perdido en los últimos lustros la poca credibilidad de la que gozaban, sumiendo a Colombia en una crisis institucional sin precedentes, algo sumamente grave para la sostenibilidad de un país.

Es tal la situación, que ya han perdido vergüenza alguna, ya no importa por ejemplo que uno de los principales implicados en el escándalo de Reficar, ahora sea candidato presidencial; que uno de los candidatos afines al gobierno haya tenido nexos con la muy cuestionada firma brasileña de Odebretch; que se “pierdan” 70 mil millones de pesos en un ministerio y la jefe de cartera salga con desparpajo público a decir que la “engañaron”; que un presidente haga la promesa de reconstruir en 100 días una isla (que por cierto, históricamente ha conservado las “ganas” de dejar de ser territorio colombiano) y vamos en más de 250 días y el avance del proceso no va ni al 30%.

Han existido incluso situaciones donde los presidentes han “firmado sobre mármol” y al final ese mármol parece que tenía la consistencia de la arcilla, completamente moldeable.

En Colombia, hemos llegado al punto donde las propuestas de campaña distan mucho de lo que realmente se debe o puede ejecutar, es de recordar el célebre “menos impuestos, más salario”, a todas luces inviable en un país con históricos problemas fiscales como el nuestro, pero que para conseguir votos, hay que hacer y decir lo que sea necesario.

Es tal la situación, que incluso se ha dado la oportunidad invaluable en el sentido histórico de nuestro país, para que expresidentes ante una comisión de la verdad, cuenten precisamente eso, la verdad con el objetivo de aportar un “granito de arena” real en la pacificación del territorio, pero lo único que hicieron fue todo lo contrario, atizar el ambiente con sus declaraciones faltas de profundidad, pensando claramente en unas elecciones que están a la vuelta de la esquina. Un claro ejemplo que en Colombia está primando mucho más el interés particular que el colectivo.

En mi opinión, los colombianos debemos despertar y dejar de comer cuento entero, ser más críticos y no darnos miedo de transformar de manera profunda una estructura estatal que ha logrado en sus más de 200 años de historia, procesos de exclusión que nos han posicionado como uno de los países más desiguales del mundo, trayendo consigo círculos interminables de pobreza y de violencia en los territorios.

Es momento para que los colombianos en general, hagamos un alto en el camino y a esos “flautistas de Hamelin” de la política, los comencemos a hacer a un lado, para que le demos paso a aquellos individuos que realmente quieren hacer algo por el país, a una nueva generación que siempre privilegie la verdad.

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