El problema no es la pertenencia o la militancia de cristianos y católicos en los partidos o movimientos políticos, porque son ciudadanos y tienen los mismos derechos que los no creyentes o los apáticos arreligiosos.
El problema surge con la creación de partidos políticos manejados por una iglesia porque fusionan totalmente la religión con la política y esto es incompatible con un Estadon laico donde se ha separado el manejo de los asuntos gubernamentales en manos de los civiles, y donde las instituciones democráticas deben ser manejadas bajo la Constitución y no por la Biblia.
La interpretación y aplicación de ambos textos es totalmente diferente. El laicismo separa el conocimiento de la fe, pero ahora observamos un reafloramiento de iglesias que llevan a la postsecularización, entrometiéndose en la actividad política. En México, por ejemplo, se prohíbe que las iglesias formen partidos políticos.
La relación entre la Constitución y la Biblia la hacen los cristianos politizados o los católicos fanáticos. Con ello buscan avanzar en sus aspiraciones personales o intereses ocultos.
Los cristianos o protestantes activistas buscan identidades, ser reconocidos en sus actividades locales, pero muchos se sobrepasan. La política cubre a toda la sociedad y no están por ello exentos de ser influidos. Y son invitados a votar, claro.
Pero creo deben y pueden votar por todo lo que se ajuste a los estándares bíblicos, votar por todo lo que consideren justo, lo más apegado o cercano a sus principios morales, como dijo un predicador neutral, “votar por todos aquellos aspectos que a Dios le agraden”. Los Estados democráticos no deben estar dirigidos por los curas, sacerdotes o pastores, o guías espirituales.
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