Hace algunos años tuve la oportunidad de trabajar de cerca con alguien que lideraba la seguridad en Colombia.
Su equipo llevaba cuatro días y tres noches sin descanso, preparando cada detalle para recibir a altos dignatarios del país.
Todo estaba diseñado para un solo lugar.
Entonces sonó su teléfono. No era un funcionario ni alguien del gobierno.
Era un amigo que tenía una tienda en el aeropuerto y que, sin buscarlo, había escuchado una conversación, la visita no iba a llegar al sitio previsto, sino a otro.
Él contestó. En menos de diez minutos ya estaba llamando a su equipo para redirigir el operativo.
Esa misma tarde, cuando le avisaron oficialmente del cambio, ya estaba preparado. Si no hubiera atendido esa llamada, habría tenido que improvisar.
Cuatro días de trabajo habrían apuntado al lugar equivocado.
Lo curioso es que contestar el teléfono es de las primeras cosas que nos enseñan.
Desde niños nos lo repiten en casa, “contesta, puede ser importante“, “si no puedes hablar, di que devuelves la llamada“.
Es una norma básica de respeto y de responsabilidad. Sin embargo, a medida que ascendemos en la escalera de la vida, vamos olvidándola.
Llegamos a cargos directivos y, de pronto, no contestar se vuelve casi un símbolo de estatus, como si estar inalcanzable fuera señal de importancia.
En mi experiencia, los líderes realmente efectivos, los contundentes, son aquellos a los que tú puedes llegar.
Les marcas y contestan. No siempre para decirte que sí.
A veces es “sí puedo“, a veces “no puedo“, a veces “estoy ocupado, te llamo más tarde“. Pero contestan.
Y en esa respuesta, por breve que sea, hay algo que vale oro: conexión.
Quien logra eso, logra muchas otras cosas. No estoy hablando de vivir pegado al teléfono ni de estar disponible las 24 horas.
Estoy hablando de no dejar a las personas en el silencio y con incertidumbre.
Un “no puedo” en 20 segundos vale más que tres días sin respuesta.
Porque el silencio también comunica, y lo que comunica es desorden o displicencia.
En el mundo del liderazgo siempre hablamos de que el equipo se sienta escuchado, de que haya conexión.
Hacemos talleres, encuestas y discursos sobre eso. Pero los números muestran que algo no está funcionando.
En una encuesta de la AMA, el 59% de los gerentes cree que su compromiso aumentó en el último año, mientras que el 80% de los empleados dice que se estancó o disminuyó.
El líder cree que está presente. Su gente no lo siente.
Esa brecha se abre en lo cotidiano. En la llamada que no se devolvió, en el mensaje que quedó en visto.
Y pesa más de lo que creemos, porque los trabajadores de primera línea dependen de su jefe directo como su fuente principal de información, claridad y apoyo.
Cuando ese jefe no contesta, el equipo se queda a oscuras.
El teléfono sin contestar no es el problema. Es el síntoma.
Quien no puede responder una llamada, probablemente tampoco está logrando priorizar, delegar ni decidir.
Y esto no aplica solo al liderazgo. Aplica para absolutamente todo. Cuando ofreces un servicio, cuando vendes un producto, cuando alguien te busca porque necesita algo de ti, la regla es la misma, el que contesta primero gana.
Porque el interés de un cliente tiene fecha de vencimiento, y vence rápido.
Aun así, la mayoría sigue sin contestar a tiempo. Los mismos investigadores pusieron a prueba a 2.241 empresas: solo el 37% respondió en menos de una hora, el 24% tardó más de un día y el 23% nunca respondió.
Casi una de cada cuatro empresas dejó a un cliente interesado esperando para siempre. Ese cliente no desapareció, se fue con quien sí contestó.
Alguien dirá que un líder tiene responsabilidades inmediatas que no puede soltar. Es cierto.
Un director general puede estar en una junta de consejo, un funcionario en medio de una emergencia, un gerente cerrando una negociación. Nadie espera que interrumpan todo para atender cada llamada.
Pero sí se espera que den respuesta en el menor tiempo posible, filtrando lo urgente.
El teléfono de un líder debe ser un canal permanente con su gente y con su comunidad.
Pienso mucho en aquella llamada del aeropuerto. No venía de un alto cargo ni de un canal oficial.
Venía de alguien que, en apariencia, no tenía nada que ver con el asunto. Aun así, fue la llamada que lo cambió todo.
Nunca sabes cuál de tus llamadas es la importante. Por eso contesta, aunque sea para decir “ahora no puedo“.
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