Sintonizaba la clau-sura de las sesiones del Congreso, cuando un despistado vecino, amigo mío, me pidió que cambiara de canal para ver jugar a la selección Colombia. Le dije que ese día, 20 de julio, no había ningún partido. Él, terco me replicó: sí hay, porque vi banderas izadas en las fachadas de las casas. Esta anécdota demuestra que hay más identidad patria con el fútbol que con la historia. Izamos bandera en profunda confusión.
Los niños desconocen qué sucedió en el pasado, sus maestros los preparan para que sean ciudadanos demócratas, pero pocos les han narrado la trifulca por el florero en la tienda de don José Llorente, ni sobre el heroísmo de los patriotas en su última batalla. Y qué decir de los mayores que recordamos de la historia tradicional el grito de independencia, pero no tenemos conciencia clara sobre la conspiración de los criollos que apenas pretendían hacer parte de una junta de gobierno.
Nos habremos preguntado si el 20 de julio de 1810 que fue un grito de independencia, ¿por qué en el acta firmaron la fidelidad a la Corona Española? Desde la libertad ganada en el puente de Boyacá, el 7 de agosto de 1819, ¿de verdad hemos sido país soberano y de economía autónoma? En buena hora anuncian la obligatoriedad de la asignatura de historia, aunque todavía los nuevos textos no tienen quien los escriba. Le propongo al Ministerio de Educación, que si el objetivo es enseñar las raíces del presente, reedite Nuestra Historia Cercana, de Fernando Torres Londoño y Rodolfo Ramón de Roux, texto histórico, narrativo y provocador.
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