Por medio de una carta de Rodrigo Londoño y a través de una entrevista a Carlos Antonio Lozada, la extinta guerrilla de las FARC, ha realizado una profunda e impactante declaración, en la cual asume en nombre de este grupo la responsabilidad directa del asesinato del político conservador Álvaro Gómez Hurtado.
La anterior es una declaración, que por supuesto, ha generado múltiples reacciones y ha sacudido el mundo político y el ámbito judicial de nuestro país, remesón que ha tenido diferentes matices provocado por la importancia de la víctima en la vida pública nacional.
Esta declaración al ser, hasta ahora, simplemente una afirmación política, genera matices y formas de recibir esta “confesión”, provocando reacciones de incredulidad, de expectativa, de beneplácito por comenzar a contar “verdades”, así como de rechazo de un amplio sector que manifiesta no creer en ellas. Reacciones válidas ante semejante atribución.
Lo importante de la situación es que las FARC están manifestando que se comprometen a contar toda la verdad ante las instancias creadas para ello, situación que es fundamental y necesaria para comenzar a esclarecer todas las circunstancias que incendiaron por muchos años el conflicto, así como los responsables de todas las acciones que atizaron la violencia en el país.
La verdad y el esclarecimiento de los hechos son condiciones fundamentales si queremos en algún momento tener un país mejor, menos violento y con mejores perspectivas, verdad que por cierto también debe ser contada no sólo por la exguerrilla, sino también por los demás grupos alzados en armas y no menos importante, por aquellos políticos, empresarios, militares y demás actores que también estuvieron involucrados en el conflicto.
Personalmente creo que precisamente, la verdad, es el gran obstáculo que ha tenido el proceso de paz, no solo con las FARC, sino en ocasiones anteriores; lo que sucede es que en este último caso, la verdad es condición fundamental, razón por la cual lastimosamente ha generado múltiples detractores hacia el ejercicio de construcción de paz mismo.
Esta oposición se genera básicamente por miedo, miedo a que queden al descubierto “pro-hombres” políticos, empresariales y sociales, para quienes la verdad es un gran riesgo que no pueden asumir, porque es posible, que a partir de su participación en el conflicto directa o indirectamente, se hayan visto beneficiados política o económicamente.
Este miedo ha sido disfrazado con un discurso político e incendiario que ha aprovechado el desconocimiento profundo de la sociedad colombiana de lo realmente pactado en La Habana, discurso que en ocasiones ha hecho mención a “hacer trizas” el acuerdo, apelando a las emociones de resentimiento en contra de las FARC por todo el dolor infligido al país por varias décadas.
Claramente un daño irreparable causado irresponsablemente y que le ha venido cerrando las puertas sistemáticamente a tener un país con menos violencia.
En Colombia, y especialmente los ciudadanos de “a pie” debemos ser conscientes que la verdad por dolorosa que sea, es necesaria para seguir adelante, para pasar la página y no podemos seguir siendo instrumentos útiles de estos líderes con miedo, porque es este miedo el que poco a poco nos está llevando a que no haya voluntad para que el proceso de desarme y reinserción a la sociedad de los excombatientes sea efectivo.
Nosotros como sociedad civil, siempre debemos condenar enérgicamente cualquier tipo de asesinato, incluyendo aquellos de gran calado para la vida pública nacional como la del doctor Álvaro Gómez Hurtado y debemos pedir de manera tajante e innegociable el esclarecimiento de los hechos, pero también debemos rodear a las instituciones creadas como escenario para que se confronten las versiones y se identifiquen las verdades y los responsables directos e indirectos de los mismos.
Este caso en particular se comienza a convertir en una “prueba de fuego” para el esclarecimiento de muchos hechos políticos marcados por la violencia del país, y esperemos que los excombatientes de las FARC, liderados por Rodrigo Londoño, cuenten la verdad en las instancias creadas para ello, más allá de cálculos políticos, electorales y que por ninguna circunstancia caigan en el error de encubrir a otros responsables, porque para el país son importantes las confesiones que estén soportadas únicamente en la verdad.
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