Cómo duele este país

Este país nuestro no solo se mueve al son de las castas sociales ni al de la política clientelar, esa que se practica con el estómago de los más necesitados sino también con la institucionalización desafortunada de una justicia politizada.

Lo que viene ocurriendo con las altas Cortes, especialmente con la Suprema de Justicia, es lamentable.

Y, cuando la sal se corrompe, de allí para abajo se desmoronan la ética y demás valores morales que a Colombia la ha convertido en un país de ficciones y desinformaciones. Gracias a eso, somos una nación absorta, triste y silenciada.

Es inexplicable que mientras a unos se les adelantan procesos judiciales por causa de acusaciones de bandidos reconocidos, que aspiran a rebaja de penas o al deseo de vengarse, no ocurra lo mismo con las declaraciones como las de “rasguño” o de William Rodríguez, hijo de un reconocido narcotraficante del Valle.

O lo que es lo mismo, que la valiosa información recogida en los computadores del “Mono jojoy”, “Alfonso Cano”, “Raúl Reyes”, etc., en los que aparecen conocidos personajes, tampoco haya servido para iniciar procesos que hubiesen permitido quitarle al país ese inri de ser solo un país de reinas de belleza.

Los allanamientos realizados a la doctora Sandra Morelli, contralora general de la República, como retaliación por investigar fiscalmente a SaludCoop, entidad de la cual fue asesor jurídico el actual Fiscal General de la Nación, han dejado un mal sabor en la opinión pública.

Mientras tanto, como país que soportamos de todo, nadie ha dicho algo sobre el nombramiento de Federico Rengifo como embajador en Francia y el de su novia como embajadora en la Unesco, en el mismo país. Razón tenía Antonio Caballero, al decir que “Colombia es un país donde se juega al tute y se hace trampa”.

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