Otro muro de infamia para separar dos fronteras y evitar el paso de migrantes es el propuesto por Donald Trump, deslindando a México, país al que insistentemente ha tildado de un mal para los EE.UU., pues el paso de criminales y violadores viene en gran parte de allí, según él. Su xenofobia contra los latinos empieza por México y se extiende a toda Latinoamérica. El presidente Peña Nieto ha sido tímido para confrontarlo.
La ciudadanía universal y el derecho a la hospitalidad que Immanuel Kant concibió en su ensayo “La Paz perpetua”, una ciudadanía mundial o cosmopolita, es una quimera por todas las trabas aduaneras, policiales y fronterizas que existen. Por la xenofobia rabiosa, el celo con los puestos laborales y el temor al crecimiento de la inseguridad.
La globalización de la economía sirve para la circulación de mercancías a fin de ganar mercados de los países exportadores y la circulación de turistas para exprimirles sus ganancias y ahorros, pero no para la circulación de los que buscan amparo, oportunidades o refugio, porque no tienen nada. Y creen ilusamente que por ser seres humanos pueden reclamar los contenidos de la declaración universal de los derechos humanos.
El investigador Edgar Varela Barrios, filósofo y magister en historia, en su obra titulada “La soberanía transformada”, reflexiona sobre si es posible avanzar hacia una ciudadanía cosmopolita, planteando varios interrogantes sobre la noción de ciudadanía especialmente en la interrelación social; sobre los reconocimientos reales a la diversidad cultural; sobre la ciudadanía continental o subcontinental, tipo UE; sobre los alcances de una universalidad de la democracia; sobre los esfuerzos de configuración de políticas públicas globales que generen espacios de ciudadanía.
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