Con inmensa alegría los seguidores del Deportivo Cali recibimos el título logrado por la escuadra profesional que participa en el fútbol colombiano, pero más que esto la satisfacción de ser un grupo de jóvenes “canteranos” que, guiados bajo el liderazgo y experiencia de su conductor el “Pecoso” Castro, movieron las fibras de la ciudad y la región.
Sin embargo, el balance de muertos y heridos deja mucho que desear de una afición que se volcó a las calles y participó del frenesí de la fiesta deportiva.
El equipo azucarero indudablemente recuperó el honor y la dignidad futbolística de la ciudad, perdido por muchos años de sequía campeonil verdiblanca y el descenso del América a la B, pero lo que más ha impactado nacionalmente es la organización de las divisiones inferiores del Deportivo Cali y la juventud de quienes hoy ostentan el título de ser los mejores de Colombia.
Pero quizá lo más importante es el legado que se proyecta con fortaleza en el fútbol colombiano, de construir una plataforma deportiva, fundamentada en las escuadras inferiores, como lo hacen los equipos de jerarquía mundial.
La valoración del Deportivo Cali después de obtener este gran triunfo alcanza unas cifras que se pueden potencializar en el corto plazo.
Estos muchachos, si se siguen esforzando y comportando como atletas de alto rendimiento, pueden llegar al ejemplo de James Rodríguez o Falcao García.
Lo triste y preocupante fue la violencia en la ciudad, donde los siete muertos y más de 70 heridos hablan de una fiesta tercermundista, donde la mayoría de los afectados son menores de edad, todo esto a pesar de que las autoridades hicieron todo lo posible por prever los desmanes del triunfo.
Necesitamos cultura ciudadana, pues los triunfos futbolísticos en Colombia son sinónimo de violencia. Por ello se considera que esta desenfrenada celebración es indebida.
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