“Tenemos más canciller que presidente” concluyó Flavio Oliveros, luego de un sápido almuerzo al que asistimos regularmente un grupo de amigos de diferentes posiciones políticas, al que, en ocasiones, nos acompaña Medardo Arias para mostrarnos el panorama desde la altura propia de su cuerpo, como un gaviero…
Y es verdad. Carlos Holmes Trujillo, ese vallecaucano excepcional, ha dado muestras de toda su experticia diplomática en el transcurso de estos sesenta días de gobierno.
Ha sido un valiente defensor de la democracia y los derechos humanos; tanto es así, que por fin puso a funcionar un aparato algo soso como la ONU, y otro más paquidérmico como la OEA, a la que Vargas Llosa la había definido como una “institución carcamal atiborrada de diplomáticos enviados allí por los gobiernos como a una jubilación anticipada, para descansar, o cebarse discretamente la cirrosis a orillas del Potomak”.
Pero el Canciller de Colombia, logró que esta vez estuviesen en favor de Latinoamérica, que se ha visto agobiada por ese vecino incómodo y cada vez más absurdo, como el sátrapa Maduro, en Venezuela.
Es evidente la estatura política del Canciller y su dimensión de la política internacional. En él hay sustancia, una mirada de estadista que el actual presidente ha sabido aprovechar para el beneficio del país y Sur América, que insisto, está agobiada con un vecino que fastidia y del que seguramente pronto, será derrocado.
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