Gandhi, ese maravilloso hombrecito que logró la independencia de su patria, la India, a punta de huelgas de hambre, dijo en cierta ocasión que “lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”.
Lo que está sucediendo en Colombia, gracias a la clase política, nos obliga a protestar a muchos que no estamos de acuerdo con esa puerta giratoria o carrusel que se está utilizando para violentar la ética y la responsabilidad que deben ser la guía en el manejo del Estado, máxime cuando los índices de desigualdad del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo muestran que nuestro país es el duodécimo con mayor desigualdad en el ingreso, entre 168 países, solo superado por Níger, la República del Congo, Chad,
República Centroafricana, Sierra Leona, Burkina Faso, Burundi y Eritrea.
Esa es una tragedia en la que vive más de la mitad de nuestros compatriotas, que poco les importa a los políticos.
La escogencia, por parte de las altas cortes de los tres candidatos a la Contraloría General de la Nación, es una vergüenza. Ardila Ballesteros, candidato de Germán Vargas Lleras, aun cuando este, a última hora, se unió al candidato de Ernesto Samper, Edgardo Maya, cuando se enteró que el suyo estaba derrotado de antemano y, el de César Gaviria, el señor Rondón. Los tres cuestionados por diversos motivos.
Pero lo que es peor, que el Congreso, por mayoría, haya elegido el que les señaló el presidente de la República, quien deja la sensación maluca de querer un contralor de bolsillo.
¿Cómo hacen los políticos para lograr que los magistrados hagan lo que aquellos ordenan? Difícil situación, sobre todo para aquellos que se preguntan en qué democracia viven.
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