Hay momentos para los que ninguna palabra parece suficiente.
Momentos en los que el dolor es tan grande que cualquier frase se queda corta frente a una familia que ha perdido a un ser querido, frente a quien vio desaparecer en segundos aquello que construyó durante toda una vida o frente a quien todavía espera, con el corazón en la mano, una buena noticia.
Hoy Cali y varios municipios de nuestro Valle del Cauca atraviesan uno de esos momentos.
Como vallecaucana, me duele profundamente lo que estamos viviendo.
Me duele cada familia que llora una ausencia, cada hogar destruido, cada persona que ha tenido que dejar su casa y cada historia que cambió de un instante para otro.
A quienes han perdido a alguien que aman quiero expresarles mi solidaridad, mi cariño y mis oraciones.
Sé que no existen palabras capaces de llenar ese vacío. Solo puedo pedirle a Dios que les dé fortaleza para atravesar estas horas y que encuentren consuelo en el abrazo de sus familias, de sus vecinos y de toda una región que hoy comparte su dolor.
A quienes lo han perdido todo materialmente también quiero decirles algo: no están solos. Todos estamos y estaremos unidos para volver a levantarse.
Una casa puede reconstruirse. Una calle puede volver a levantarse. Una escuela puede abrir nuevamente sus puertas.
Lo material, con esfuerzo y solidaridad, podremos recuperarlo, y ahí estaremos todos comprometidos para que suceda más pronto que tarde.
Y aunque hoy resulte difícil imaginar el mañana, cuando todavía estamos rodeados de dolor e incertidumbre, ese mañana llegará.
Porque en medio de esta tragedia también hemos vuelto a encontrarnos con algo profundamente nuestro: la solidaridad y la resiliencia.
Hemos visto manos removiendo escombros, personas compartiendo lo poco o mucho que tienen, vecinos cuidando a vecinos, jóvenes ayudando, familias llevando alimentos y agua, voluntarios recorriendo las calles y servidores que llevan horas trabajando para proteger y salvar vidas.
Hemos visto miedo, sí. Hemos visto dolor. Pero también hemos visto una inmensa humanidad. Y esa es la fuerza que necesitamos conservar.
La historia de Cali y del Valle del Cauca ha estado marcada por momentos difíciles, pero también por una enorme capacidad para levantarnos. Somos una tierra de gente trabajadora, alegre, generosa y perseverante. Una tierra que sabe empezar de nuevo. Esta vez también lo haremos.
No será de un día para otro. Habrá heridas que necesitarán mucho tiempo para sanar y familias para las que la vida nunca volverá a ser exactamente igual.
Por eso la reconstrucción que viene no puede limitarse a edificios, viviendas o carreteras. También tendremos que reconstruir tranquilidad, confianza y esperanza. Y tendremos que hacerlo juntos.
Eso sí, no permitamos que nadie quiera venir a dividirnos nuevamente, a sembrar odios en corazones dolidos por la tragedia.
Hay quienes solo buscan generar caos a partir de la tragedia de otros, pero los caleños y vallecaucanos somos más fuertes que quienes quieren sembrar el mal.
Mi Fe me ha enseñado que incluso en las noches más oscuras Dios permanece a nuestro lado.
A veces no encontramos explicación para aquello que ocurre y nos preguntamos por qué tenemos que enfrentar tanto dolor. Yo tampoco tengo esas respuestas. Pero sí creo profundamente en un Dios que acompaña, que sostiene y que nos llama a convertir nuestra fe en amor por los demás. Hoy ese amor se demuestra estando presentes.
Es tiempo de acompañar al que llora, alimentar al que tiene hambre, darle techo a quien lo perdió, abrazar a quien tiene miedo y extender la mano sin preguntar quién es, de dónde viene o qué piensa.
Hoy no existen diferencias. Hoy todos somos Cali. Hoy Todos somos Valle.
Vendrán días difíciles, pero también llegará el momento de reconstruir.
Y cuando ese momento llegue tendremos que recordar la solidaridad que estamos viendo hoy y convertirla en la fuerza que nos permita comenzar nuevamente.
A las familias que sufren, a quienes siguen trabajando, buscando, rescatando y ayudando, y a cada vallecaucano que hoy se pregunta cómo seguir adelante, quiero decirle que mantengamos viva la esperanza.
Que Dios abrace a quienes han perdido a sus seres queridos, dé fortaleza a quienes hoy sienten que lo perdieron todo y proteja a quienes continúan trabajando por los demás.
Nuestro Valle está herido, pero sigue de pie.
Y estoy segura de algo: Cali y el Valle volverán a levantarse. Y lo haremos juntos.
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