Por el momento no pasa nada serio con las elecciones a la Alcaldía de Cali. No hay polarización y es por ausencia de debate. No hay batalla ideológica y es por falta de ideólogos. Todo es un baile de máscaras.
Las miradas, como en las cortes de La comedia humana, no aportan el reconocimiento del otro, si no que apuntan a quien baila mejor el vals.
En las cortes dieciochescas todo se reducía, como en La Piel de Zapa, a la lucha entre un bastardo enriquecido, “Rastignac”, que sacude al noble bonachón, que con frases de cajón cree resolver las incrucijadas del Rey Sol o al apostador y prestamista enriquecido que, frotándose las manos, quiere cambiar la monarquía.
Mi Cali, la de toda mi vida, presencia sorprendida como hoy todo es una feria de vanidades. Ni nobles ni monarcas, solo apostadores y vivarachos, que concurren a un baile de máscaras, que como en el pasado, nada dice.
Las encuestas aparecen de manera sucesiva, reproduciendo sin imaginación una foto donde Angelino era el primero y lo sigue siendo, donde Ortiz es el segundo por siempre y los ángeles de Armitage lo mantienen como tercero.
Como todo novelón, a la manera francesa o venezolana de los años 70, tendremos al final la misma feria de vanidades, determinada por componendas y por acuerdos, haciendo olvidar los problemas que los caleños padecemos y que estamos a la espera que se conviertan en las líneas que demarquen la ruta de estos personajes, que me hicieron recordar mis lecturas juveniles de Balzac, con la diferencia que hoy, no hay Dantones, ni Robespieres… ¡Qué lástima!
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