Umberto-Valverde

Cabrera Infante, el veto de la infamia

Una de las mejores sorpresas que tuve en La Habana fue encontrarme con Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco, gracias a mi amigo Luciano Castillo. En nuestra primera cita me comentó de estos jóvenes que habían escrito dos libros sobre Guillermo Cabrera Infante, el mejor escritor cubano, quien murió en el exilio en Londres, quienes valientemente se tomaron el trabajo de hacer dos libros, el primero, un ensayo titulado Sobre los pasos del cronista. El quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante en Cuba hasta 1965, actualmente agotado, y Buscando a Caín, un conjunto de entrevistas, 28 en total, de personas que conocieron a Cabrera desde muchacho o en la adolescencia. Dos días después estaba con estos jóvenes en una mesa del hotel Nacional. Me comentaron cuando fueron al pueblo natal de Cabrera Infante, Gibara, en el cual recurrieron donde el historiador del pueblo para que los ubicara. Ni le interesa ni lo quiso hacer. Elizabeth y Carlos llegaron por su propia cuenta, hasta una casa de la que no quedaba nada, un poco los techos, y descubrieron una pariente que tenía el mismo rostro de Cabrera.

Compartimos vivencias que ellos no tenían ni idea. El prólogo de Cabrera Infante a mi libro sobre Celia Cruz, mi estadía en Londres con ellos, el acercamiento de Celia Cruz y Cabrera gracias a la edición del libro, en fin, vasos comunicantes entre un escritor caleño que estableció una amistad con este magnífico escritor, viviendo con el peso del exilio y la maldad, y de un veto sin sentido de un estado contra su mejor escritor. Por fortuna, hay escritores jóvenes como Elizabeth y Carlos que seguirán recuperando la imagen de un escritor sin igual, de un crítico de cine admirable, de un ser humano único, derrotado por la vida, por las enfermedades, algunas con antecedentes familiares, pero no olvidado porque su literatura lo hará perdurable.

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